Reflexiones sobre la adolescencia

Marcela Alfaro | Publicado el 19 de junio de 2020

Lic.  Marcela Alfaro

“La incomodidad del cuerpo que se trastoca, era como no poder encajar en ningún espacio. El espacio parecía grande, o parecía muy chico. Me desconocía, no veía las posibilidades, no las conozco. Esa vivencia de inadecuación era en todos los niveles que hacían perder de vista la confianza en mí mismo, en las posibilidades, me desconozco”.

(Un adolescente de 16 años)

Muchas veces los adultos olvidamos lo complejo que puede haber sido ser adolescente.  Un desajuste en la confianza. La irrupción de los cambios físicos, emocionales y sociales conmueve el equilibrio logrado en la infancia entre la confianza y la desconfianza regulada por el criterio de realidad. El cuerpo infantil que conocía y dominaba, la torpeza enfrentada a la destreza, la seguridad a la inseguridad y la incertidumbre. Esa confianza básica tambalea.

La salida del ámbito familiar al escolar y a otros grupos, la búsqueda de trabajo y la escasez de oportunidades con el agravante que muchas veces se culpabiliza al joven de no hacer lo suficiente para revertir su desocupación.

En esta etapa de la vida aparecen modificaciones en la relación de los adolescentes con la familia, aumentan los conflictos. No quieren ser tratados como niños pero tampoco son mayores; se manifiestan cambios emocionales rápidos e inexplicables: del llanto a la risa. Los amigos cobran relieve; se torna difícil ponerle límites y que los acepten sin cuestionamientos. Los padres desconcertados frente a tanto movimiento subjetivo hemos olvidado tal vez nuestra experiencia en esa época vital

Lograr la independencia y luego la autonomía serán los pilares para futuros momentos adversos que deberán transitar. Serán las huellas de los modos de afrontar los obstáculos y conseguir las metas, recuperando la confianza luego de tan intempestivos cambios.  Es un camino de aprendizaje que como todo proceso tendrá un final en la mayoría de los casos.  

El conflicto se instaura atravesando todos los aspectos de la vida de los chicos y chicas pero también en sus familias. Estos disturbios irrumpen – no son señal en general de patologías- son crisis vitales que debemos sobrellevar los seres humanos, son las bases de la identidad, de experiencias y vivencias para situaciones futuras en la adultez, un aprendizaje para los padre que también deben encontrar el equilibrio para no desesperar atravesados por sus propias experiencias de vida que implican miedos, temores.

¿Cómo podemos ayudar a nuestros adolescentes?

El mundo afectivo familiar sigue siendo el pilar de apoyo,  los adultos deben reiterar su amor aun cuando no estén de acuerdo con ellos en algún aspecto. Es necesario comprender que la conflictiva no está destinada a destruir a los padres reales, sino a aquéllos padres de la infancia que fueron internalizados, cuando el adulto capta la diferencia entre la ruptura y los procesos de cambio en los vínculos de la niñez.

No es sin dolor, no, de ambas partes. Son momentos de desgarro, de miedos tanto de los padres como de los hijos e hijas, que irán produciendo caminos saludables para afianzar la identidad y un nuevo posicionamiento de los padres.

Muchas veces estos conflictos se desplazan hacia la figura de los maestros, por lo cual es importante que advengan nuevos adultos significantes para los adolescentes que permitirán a modo de triangulación salir del entorno familiar a otros ámbitos sociales. Al  surgir otros entornos conflictivos puede que se alcancen puntos de encuentro entre los adolescentes y los padres. Los pares se muestran como anclajes sociales que le permitirán sortear la soledad que significa, en muchos momentos, la ruptura con lo infantil para alcanzar la separación necesaria de los seres queridos.

Un importante aspecto en el que podemos ayudar los adultos es en la creación de la independencia unido a la responsabilidad de los propios actos,  lo que no implica que los jóvenes sean desprotegidos sino orientados, prolongar la dependencia puede interferir de manera negativa.

 La independencia de las figuras paternas se va completar cuando encuentre una independencia “para”, en la medida que el adolescente va forjando un proyecto de vida, una idea de sí, imaginando una situación personal para su futuro.  Hay situaciones que obligan al joven a tomar responsabilidades excesivas para su edad, eso no favorece la autonomía sino significa una sobre- exigencia que con frecuencia es una sobre-adaptación con un alto costo para el adolescente, al contrario puede producir temores intensos, errores que perpetúan la dependencia.

En muchos momentos el adolescente, necesita para optar o elegir un adulto que lo acompañe: recibir información, escuchar una opinión, conocer experiencias pero ello no significa que esté obligado a hacer o elegir según los criterios del adulto. Es posible que le sirvan esos mensajes para realizar su propia reflexión y poder elegir de manera crítica. La actitud de colaboración y de respeto por la decisión fortalecerá los mecanismos para resolver sus dilemas y fortalecer la confianza en sí mismo.

Estas características se irán modificando en el proceso de resolución de los múltiples conflictos con que tiene que lidiar relacionados con el amor, el trabajo, la vida en las instituciones ejes para la vida adulta.

Me quedo con la pregunta ¿podemos recordar cómo éramos y qué sentíamos cuando éramos adolescentes? Un ejercicio para poder pensar a ese otro que crece no sin el sufrimiento que conlleva desde un lugar más humano, sin olvidar que somos padres.

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